6 de agosto de 2009

Definiciones injuriosas de los diccionarios.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (Vigésima segunda edición) contiene definiciones realmente injuriosas de algunas palabras (gallego, gitano, judiada). Los seres humanos afectados, las instituciones que los agrupan, organizaciones de bien público, etc., han efectuado innumerables reclamos y protestas por el menoscabo que implican. Las definiciones injuriosas, además, inducen al prejuicio, pero como el prejuicio, si no se lo exterioriza con violencia, no es delito, no se le ha dado a estos hechos consumados la dimensión dañina que en realidad tienen.
Estamos "acostumbrados" a que se digan en tono desaprensivo conceptos injuriosos y esto parece haber llegado a su paroxismo en los medios de comunicación masiva cuando se tratan temas políticos. A primera vista, las definiciones injuriosas del Diccionario de la Real Academia de la lengua Española y de otros diccionarios en español, darían la impresión de que si bien no son del todo correctas, tampoco son, hasta cierto punto, graves sino leves, como si se tratara de unas travesuras. Pero la historia nos muestra que los prejuicios pueden expresarse bajo formas monstruosas.
En nuestro tiempo las leyes y las disposiciones de los Derechos Humanos combaten expresamente a los prejuicios para erradicarlos y evitar su difusión.
Difundir mediante la cultura los prejuicios (En este caso lo correcto es decir "propagar los prejuicios") es una inmoralidad dantesca, porque los prejuicios inducen a la discriminación que puede devenir en graves delitos. Como consecuencia de esta propagación sutil y sin control de los prejuicios, una muchedumbre de personas, en particular jóvenes, serán víctimas que pueden quedar marcadas por prejuicios y aportar, más o menos conscientemente su gramo de maldad para que se cometan delitos de lesa humanidad.
La Real Academia de la Lengua Española y todas la instituciones y empresas que editan diccionarios en lengua española deberán suprimir de sus futuras ediciones "inmediatamente" y sin más trámites las definiciones injuriosas, atenuando así su culpa, y al mismo tiempo, aportando un modesto grano de arena a la larga senda que conduce a la humanidad hacia la civilización del amor.

Aldo S.

Manifiesto publicado en Internet, página: http://www.laverdadnosharamejores2.blogspot.com

Una falsedad de 2000 años.

En la época de la predicación de Jesús, Palestina pertenecía al Imperio Romano. Las autoridades judías de Jerusalén, que reclamaron la muerte de Cristo, eran, en realidad, meros agentes al servicio de los opresores romanos. El sufrido pueblo judío los repudiaba. Tres décadas después de la Pasión de Jesús, ese mismo pueblo judío de Jerusalén y Palestina se sublevó contra los romanos. Al principio las siniestras autoridades ilegítimas y sus seguidores se plegaron a la sublevación. Pero en vista de su contumacia, durante las alternativas de la lucha, fueron muertos por los líderes populares. El pueblo judío continuó la guerra hasta que finalmente los romanos retomaron las zonas sublevadas. Cometieron un terrible exterminio de más de un millón de víctimas. El Imperio Romano tenía ciento veinte millones de habitantes, de los cuales seis millones eran judíos, cuya enorme mayoría vivía fuera de Palestina (Egipto, Turquía, Grecia, Siria, Libia, Italia). Por las horrorosas matanzas de las sublevaciones posteriores (115-117 y 132-135 e.C.) se redujo enormemente la población hebrea. Sobrevivieron mayoritariamente los judíos del occidente del Imperio, de los cuales descienden los judíos de la actualidad. En consecuencia, los judíos contemporáneos y sus antepasados son total, absoluta y definitivamente inocentes de la ancestral acusación de que son descendientes de los que “mataron a Cristo”. Esta clara evidencia de la realidad histórica destruye así, esa horrible falsedad con la que durante dos mil años se atormentó a los judíos.

Aldo S. Julia C.

Manifiesto publicado en Internet, página: http://www.laverdadnosharamejores2.blogspot.com